Culture

Luis Alberto Vittor | Abuso del eufemismo y trampas verbales en el lenguaje políticamente correcto: «cuando las cosas no son lo que parecen ni lo que se llaman»

 


Definido por la DRAE como «facultad del ser humano de expresarse y comunicarse con los demás a través del sonido articulado o de otros sistemas de signos», el lenguaje humano es un poderoso instrumento que sirve tanto para revelar la verdad como para ocultarla, para informar o manipular verbalmente la opinión pública según sean los intereses de los operadores. Hay tres modos o estrategias para no llamar a las cosas por su nombre: el tabú, el eufemismo y el llamado lenguaje políticamente correcto. Prescindiremos por ahora del primero para detenernos en analizar los otros dos. El eufemismo es una figura retórica con la que morigeramos o contenemos las expresiones que son demasiado crudas, hirientes o desagradables. Cuanto más se utiliza el eufemismo, mayor desgaste sufre. En ocasiones, el exceso de decoro puede rayar con el engaño o la manipulación verbal. Por esta razón cuando el eufemismo se usa como una estrategia engañosa para dar a una cosa el nombre que pertenece a otra, este abuso conlleva las características de una falsedad categorial que moralmente obliga a quien lo advierte, ponerla en evidencia en beneficio de los demás, porque estamos flagrantemente ante una forma de manipulación verbal que, para alcanzar una finalidad no declarada, evita llamar las cosas por su nombre. 

En tanto que lo «políticamente correcto» se ha relacionado con dos movimientos filosóficos: la Escuela de Frankfurt y la Asociación Americana de Antropología, uno de cuyos miembros, Edward Sapir, junto con el lingüista aficionado Benjamín Whorf, formuló el postulado ahora conocido como «hipótesis Sapir‑Whorf». La llamada «hipótesis Sapir‑Whorf» tiene dos partes: relatividad lingüística y el determinismo lingüístico. Estas dos partes son conocidas como «hipótesis débil» e «hipótesis fuerte». La «hipótesis débil» (por tanto, tan difícil de confirmar como de desmentir), postula una relatividad lingüística al decir que toda lengua conlleva una visión específica de la realidad y que, por tanto, determina al pensamiento. Este relativismo lingüístico asume que la cultura es conformada por el lenguaje. En tanto la «hipótesis fuerte» postula un determinismo lingüístico es el proceso por el cual las funciones de la mente son determinadas por el lenguaje que uno habla. Es decir, los pensamientos que construimos están basados en el lenguaje que hablamos y en las palabras que usamos. Sapir-Whorf consideran que los seres humanos somos capaces de pensar únicamente sobre objetos, procesos y condiciones a los que podemos asociar un lenguaje (determinismo). En su estudio de distintas lenguas (francés, alemán, chino, etc.) y su pensamiento subyacente, demuestran que la cultura está ampliamente determinada por el lenguaje (relativismo). Diferentes culturas perciben el mundo de forma diferente. El relativismo lingüístico de Whorf ha recibido ácidas y profundas objeciones críticas desde su formulación por parte de lingüistas de peso como Noam Chomsky (1975); Helmut Gipper (1979); y posteriormente continuó siendo cuestionada en tiempos más recientes, pero eso no impidió que esta teoría, nacida en los Estados Unidos, encontrara una favorable acogida  entre los defensores de los derechos de las minorías, sobre todo grupos de identidad como los negros, las feministas, los homosexuales e inmigrantes, convirtiéndose en los principales promotores de un lenguaje «políticamente correcto».

 Los términos political correctness politically correct (PC) se utilizan en inglés para caracterizar un conjunto de prácticas y usos lingüísticos destinados a eliminar las connotaciones discriminatorias presentes en el lenguaje de uso diario, discriminación que suele afectar a personas o grupos de identidad definidos por características tales como la raza, el sexo, las preferencias sexuales, la nacionalidad, la edad, las discapacidades físicas, etc. A través de estos grupos de identidad se impuso la idea de que para eliminar ciertos prejuicios socialmente arraigados debía erradicarse del lenguaje coloquial todo término ofensivo o discriminatorio en la esperanza de que si bien ese cambio no eliminaría ciertos comportamientos, por lo menos podría desalentarlos si se los estigmatizara como indeseables o, al menos, como políticamente incorrectos porque forman parte de lo que se ha denominado «ideología de la normalidad». A lo largo de la década de 1970 y en las siguientes, los colectivos feministas en los Estados Unidos empezaron a combatir lo que llamaron «androcentrismo lingüístico». 

El androcentrismo lingüístico es la creencia de que la masculinidad es el modelo o patrón estándar sobre el que se ha construido socialmente el lenguaje, mientras que la feminidad es la desviación de esta norma masculina. A este convencimiento se debe que la mayoría de los debates sobre el androcentrismo en la lengua se enfoquen en el uso genérico del género masculino. Y es que, según las feministas,  el sexismo lingüístico fomenta la invisibilidad de la mujer al influir culturalmente en los hablantes de una lengua, tanto en la forma de pensar como en el modo de conocer y comprender la realidad. De esta manera, se contribuye a la perpetuación de la discriminación sexual, la posición social de las mujeres y las asimetrías de género en la lengua. Por tanto, una forma de desconstruir la «ideología de la normalidad» es cambiar el lenguaje androcéntrico por un lenguaje incluyente (mal llamado «inclusivo») porque es una de las formas de expresión más extendidas del sexismo porque la realidad es vista desde el punto de vista parcial y masculino que hace del hombre la medida de todas las cosas y se asume como parámetro de lo humano. Y uno de los vehículos más característicos del androcentrismo es el lenguaje de lo «políticamente incorrecto». A la inversa, el término «políticamente incorrecto» se utiliza para referirse al lenguaje o las ideas que pueden causar ofensa, discriminación o desigualdad social.  

La preocupación sobre el sexismo en el lenguaje cotidiano se ha extendido también en otros contextos lingüísticos y se convirtió en un terreno de las luchas de género y transgénero que han tenido una repercusión altamente negativo en el mundo académico de las políticas lingüísticas que desestimaron, a través de sus representantes,  estos usos artificiales en nombre de la arbitrariedad del sistema lingüístico. La corrección política parte del convencimiento de que el  lenguaje que utilizamos no sólo afecta a los mensajes que comunicamos a diario, sino a las formas fundamentales que determinan nuestra manera de pensar y actuar. Desde ese punto de vista, el problema surge cuando los constructos lingüísticos que utilizamos a diario influyen en nuestra forma de pensar de manera negativa.  Estas influencias negativas del lenguaje pueden denominarse políticamente incorrectas. Por ende, un lema de estos grupos de identidad, cuya expansión mundial es creciente, podría formularse de este modo: cambiemos las palabras y cambiará la realidad. 

Los eufemismos cuando se usan para disimular los defectos humanos, usando palabras más apropiadas para referirse con respeto a quienes son diferentes a la mayoría no son aquí objetos de ningún reparo  pues, a menudo, se hace necesario el empleo de palabras decorosas que sustituyan a otras considerada de mal gusto o demasiado hirientes, en este caso nada tenemos que decir porque el lenguaje es un acto social que exige respeto recíproco entre todos los hablantes, pero cuando nos hallamos ante eufemismos injustificados e innecesarios por los que se busca engañar o distraer la atención de la opinión pública mediante la manipulación verbal del lenguaje políticamente correcto, estos deben señalarse y rechazarse sin ambages. Un claro ejemplo del eufemismo utilizado de manera abusiva por el lenguaje políticamente correcto, como trampa verbal y estrategia engañosa para evitar llamar las cosas por su nombre, lo encontramos en la ley del aborto que entró en vigor recientemente. En el nombre de «la salud reproductiva» de la mujer se encubría el hecho de que la práctica del aborto constituye un atentado a la vida en potencia del feto y una grave violación del principio constitucional del derecho a la vida.  

Por medio del eufemismo «salud reproductiva de la madre» el objetivo buscado era despenalizar —para luego legalizar— un acto tipificado penalmente como delito. Para legitimar la despenalización del aborto, el relativismo moral de los abortistas sostuvo falazmente que «los fetos de menos de 13 semanas son seres vivos, pero no podemos hablar de seres humanos». Desde todas las disciplinas científicas, los expertos han replicado la falacia de esta argumentación que es ya un lugar común de todos los abortistas del mundo pues no tiene asidero científico. Hay sólidos argumentos biológicos que permiten sostener que desde la fecundación hay en el vientre materno un ser vivo de la especie humana, ya que, hasta el momento, la ciencia no ha descubierto que los embriones o fetos humanos pertenezcan a alguna otra especie determinada.  Si un feto de 13 semanas no es un ser humano, entonces, ¿qué es? ¿A qué especie pertenece? Hice estas preguntas a varios de mis interlocutores que se han pronunciado a favor de la despenalización del aborto, ninguno ha sabido responderlas, pero se insiste en esta falacia que como tal solo encuentra justificación en lo ideológico. Se confunde una argumentación ideológica con un hecho científicamente objetivo.

Detrás de la campaña abortista impulsada en todo el mundo usando el abusivo eufemismo de la «salud reproductiva» de la mujer las élites globales estaban poniendo en marcha un plan de eugenesia social oculto detrás de rodeos verbales que engañosamente evitan llamar las cosas por su nombre. Se propusieron entonces esconder las metas eugenésicas detrás de planes sanitarios, por eso durante toda la campaña no se hablaba de «aborto» sino de «salud reproductiva» o «interrupción voluntaria del embarazo». Al amparo de otros eufemismos utilizados abusivamente por el lenguaje políticamente correcto, los movimientos feministas por el derecho al aborto pasaron a ser llamados movimientos «proelección» (pro-choice en inglés). El movimiento pro-choice empezó a tomar fuerza el 22 de Enero de 1973, a partir del caso Roe VS Wade, el cual permitió la legalización del aborto en los cincuenta estados de los Estados Unidos. Esta finalidad se alcanzó a través de un engaño orquestado por el lenguaje políticamente correcto. Roe Vs Wade, fue un caso de gran controversia en los Estados Unidos. En este una mujer soltera embarazada que impuso una acción popular, demandando las leyes sobre el aborto en el Estado de Texas, las cuales prohibían el aborto a menos que fuera un caso para salvarle la vida a la madre y bajo supervisión y control médico. 

Las abogadas abortistas, Sarah Weddington y Linda Coffee, recién graduadas de la Facultad de Leyes de la Universidad de Texas, buscaban un caso así para poder impulsar una ley de despenalización del aborto para derogar la ley que desde hacía cien años prohibía el aborto en Texas. Convencieron a Norma de que debería abortar en vez de dar a su bebé en adopción. Norma McCorvey, quien fue la mujer demandante, alegó que ella había sido violada por una pandilla y, como consecuencia de esto, resultó su embarazo. Sus abogadas abogadas abortistas apelaron porque ella procediera por el aborto para así acatar las leyes que lo prohibían en lugar de tramitar el proceso de adopción de su bebé. El juez del estado de Texas, Henry Wade, quien estaba en contra del aborto evidentemente se opuso. Sin embargo, el Tribunal del distrito falló a favor de la demandante pero sin que se diera vía libre para modificar o restringir las leyes en contra del aborto. El caso se apeló varias veces hasta llegar a la Corte Suprema de Justicia de los EE.UU, donde se decidió que la mujer estaba amparada bajo su derecho a la privacidad, para elegir (pro-choice) si seguía o no con el embarazo. 

La mujer dio a luz mientras se fallaba el caso, la bebé fue dada en adopción y bajo el argumento del derecho de privacidad se obligó a cambiar todas las leyes federales y estatales que se refirieran a la restricción del aborto y que se contradijeran a la nueva decisión. De esta forma, la Corte despenalizó el aborto en los 50 estados del país. Recordemos que en Estados Unidos, se legalizó el aborto desde que el «Caso Roe vs. Wade» donde la Corte Suprema implantó el aborto «a petición» en todos los meses del embarazo, hace ahora 45 años. Si bien el «Caso Roe vs. Wade» legalizó el aborto en 1973, en la misma fecha «Doe contra Bolton» permitió el aborto a petición durante los nueve meses de embarazo. En 1987, Norma McCorvey confesó la verdad. No había sido violada y el padre de su hijo era una persona a la que conocía y había pensado que quería. El relato de los pandilleros que la violaron fue un engaño urdido por las dos abogadas abortistas y sostenido por el lenguaje políticamente correcto. Ese engaño perpetrado por dos abogadas feministas abortistas es la causa directa de la eliminación de 55.772.015 de niños en todo el mundo. Sin embargo, estas genocidas jamás fueron enjuiciadas ni condenadas por sus crímenes contra la infancia.

¿Cuál es el engaño que ocultan los eufemismos en el uso tramposo que hace el lenguaje políticamente correcto para evitar llamar las cosas por su nombre? El «Lenguaje Inclusivo» es una obra de ingeniería social. El engaño del «lenguaje inclusivo» es hacerle creer al mayor número de personas, sobre todo las mujeres y los jóvenes, los eslabones más débiles (en el sentido de desprotegidos) en la cadena social o los sectores más vulnerables de la sociedad, que su objetivo es desmontar el sexismo lingüístico de un idioma para «visibilizar» a las mujeres o a las minorías discriminadas sexual, racial o socialmente. En  otras  palabras,  los ingenieros sociales usan  el arte de  persuadir  con  engaño  de una cosa para lograr otra distinta. De este modo,  casi  sin darse cuenta, el segmento de personas a las que va dirigida esta manipulación colaboran con ese propósito llevando a cabo una acción voluntaria que tiene la apariencia de haber nacido de su propia iniciativa, pero que en realidad ha sido diseñada y controlada por los ingenieros sociales mediante la manipulación emocional y el hacking psicológico. En segundo lugar, no es una variación o cambio lingüístico surgidos espontáneamente de la necesidad de los hablantes de una lengua, sino todo un movimiento ideológico internacional que pretende promover los mismos cambios no solo en el español, sino en todas las lenguas del mundo, lo que demuestra su artificialidad.  

El intento de cambiar el lenguaje para cambiar la realidad llegó al extremo de crear una lengua artificial, una suerte de «neolengua» orwelliana, con el desdoblamiento de algunos términos, terminaciones que suprimen el género binario (masculino y femenino), a veces erradicando el género masculino, para reemplazarlo por un género neutro o sustituyendo las vocales o y a, por una e, como en todes, compañeres, amigues, etc. Los eufemismos construidos por el lenguaje políticamente correcto no pocas veces rayan con la cursilería y ridiculez. Por ejemplo, sustituir la palabra «cárcel» o «prisión» por «establecimiento penitenciario» no cambia el hecho de que sea un edificio donde se encierra a los condenados a pena de privación de libertad o a los presuntos culpables de un delito, ni que se les llame «internos» a los reos, les dará ningún alivio ni acortará el tiempo de condena del que está privado de libertad. «Estímulo educativo», otro eufemismo en las cárceles muy utilizado por el lenguaje políticamente correcto para encubrir una reducción del tiempo en prisión de acuerdo a la cantidad de cursos realizados durante la reclusión. De este modo por medio del «estímulo educativo» los presos que estudian, la Justicia les reduce la pena. El conocimiento es un fin en sí mismo que mejora la calidad de vida cualquier persona, se encuentre en libertad o en prisión, pero por medio de este eufemismo se logra permutar el estudio por el tiempo de la condena.   

Pero tal vez la manifestación más extendida del abuso en el lenguaje políticamente correcto es la oposición al masculino genérico y la apelación a las dobles formas de los sustantivos, que lleva a hablar de «los padres y las madres», «los niños y las niñas», «los jueces y las juezas», «los argentinos y las argentinas», «los ciudadanos y las ciudadanas», «todos y todas», a fin de evitar la «invisibilidad» de la mujer. Y a caballo de este cambio lingüístico en contra del sexismo, el eufemismo se apoderó de la extenuante verborrea de los discursos públicos. El apoyo de potentes aliados como las Naciones Unidas, los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, las populares figuras de Hollywood y de medios tan influyentes como The New York Times o las revistas The Atlantic y The Economist — publicada por una sociedad editorial controlada en el 50 % por las familias Rothschild y Agnelli— o la organización abortista Planned Parenthood, despertó una razonable sospecha en quienes advirtieron tempranamente que el lenguaje incluyente promovía un cambio social favorable a la  globalización, todo eso, sumado al abuso del lenguaje «políticamente correcto» de algunos discursos públicos y políticos, hizo que el eufemismo pase a ser denostado como sinónimo de falsedad. 

El lenguaje políticamente correcto recomienda no usar palabras, expresiones, oraciones, etc. que excluyan explícita o implícitamente a ciertos individuos o grupos, que traten a la gente de un modo estereotipado, prejuicioso y despectivo, entre otras sugerencias de igual tenor. Las reformas léxicas que propone la corrección política tienen una base claramente ideológica y se enmarcan en un conjunto de cambios que van más allá de lo puramente lingüístico, porque pretende ejercer un control policíaco sobre cualquier desliz lingüístico que en un discurso público o político connote un matiz ofensivo hacia cualquier grupo de identidad. Paradójicamente, la corriente de pensamiento que se inscribe en el marco de la corrección política que, en sus orígenes, se caracterizaba por promulgar la integración a través del respeto a las diferencias y la diversidad, promover la tolerancia y proteger los derechos de las minorías tradicionalmente marginadas, se ha convertido en los últimos tiempos, por su propia radicalidad, en un inflexible extremismo que hace gala de una fanática intolerancia hacia quienes piensan diferente. Por el contrario,  todos aquellos que no profesan ciegamente su ideología de género o no aceptan sin cuestionamientos sus recomendaciones lingüísticas, son sometidos al escarnio público o al linchamiento mediático a través de las redes sociales. A diferencia de lo que sugiere su nombre, la corrección política no tiene nada que ver con la política. Puede tenerla indirectamente, pero no directamente porque no es un término reservado a la política o a la clase política, sino que hace referencia a un comportamiento social esperado respecto al tipo de lenguaje que se debe utilizar. El término Corrección Política hace referencia a la forma de usar el lenguaje para encubrir y ocultar la verdad, vale decir, de sustituirla por un eufemismo para no herir o molestar. 

James J. Murphy ha señalado que los griegos fueron los primeros que se interesaron por analizar en tratados las normas subyacentes a cada discurso. La composición de la Ilíada, por ejemplo, muestra que ya existía una organización textual pensada estilísticamente: «El respeto de Homero por las «palabras aladas» de los buenos oradores puede encontrarse por toda la Ilíada. Una figura particularmente interesante es Néstor, que es presentado en el Libro I como un «rey-orador». Néstor es un anciano que posee sabiduría y destreza retórica para expresar esa sabiduría con acierto. Esta combinación de sabiduría y buen decir es precisamente lo que nos admira y no simplemente la excelencia en el discurso sin más. Néstor ilustra mejor que nadie la preocupación constante que sentían los griegos por el logos, que podría definirse como «pensamiento más expresión». De acuerdo con este concepto, el pensamiento es inútil si carece del vehículo que lo transmita, y la simple habilidad expresiva carece de valor si no tiene nada que transmitir (Cfr. MURPHY, James J.,  1989, Sinopsis Histórica de la Retórica Clásica, Madrid: Gredos, pp. 10-11).

La pedagogía gramatical propuesta por Quintiliano en su De Institutione Oratoria parte del concepto de que las tres propiedades del lenguaje son: corrección, claridad y elegancia. Para Quintiliano las palabras han de considerarse según la razón, autoridad y uso. La razón justifica y legitima la palabra, y se asienta en la analogía y en ocasiones en la etimología. La autoridad se toma de los oradores e historiadores, con preferencia sobre los poetas. La costumbre legitima también la palabra, y, como dice Ouintiliano, «es la maestra más segura de hablar, y hemos de usar de las voces como de la moneda, que sólo es corriente la que está en curso» (lnst. Or., 1, IV, 3). Señala que el uso inapropiado del eufemismo lleva a la falta de precisión léxica y se considera un vicio al hablar.  El término «eufemismo» tuvo en sus orígenes clásicos una connotación que era altamente positiva porque ponía de relieve el tacto social del hablante para mostrar modestia y cortesía verbal ante su interlocutor. Y es que el uso de los eufemismos, es decir, del lenguaje metafórico, era el arte del buen decir de retóricos y poetas. Sin embargo, como bien señala Quintiliano, cuando su uso es inapropiado puede inducir a confusión por la falta de precisión, vale decir, de corrección y claridad, aun cuando conserve una aparente elegancia en la forma de decir. 

Una hipótesis sugiere que los primeros eufemismos fueron las palabras que, en la antigua Grecia, se usaban para sustituir a los nombres de los dioses, que estaba prohibido pronunciar en voz alta. No en vano, el término «eufemismo» proviene del vocablo latino euphemismus y éste del griego antiguo εὐφημισμός (euphēmismós), a través de εὐϕημίζειν (euphēmízein, «alabar») que, a su vez, deriva de εὔϕημος (eúphēmos, «melifluo», bien hablado"), cuyas raíces etimológicas son εὖ (, «bien, recto, justo, favorable») y ϕήμη (fémē, «dar a conocer o manifestar el pensamiento, hablar, decir, fama») que se asocia automáticamente a vocablos como «eufonía», «eufuismo», etc., transmitiéndonos la noción de belleza, ingeniosidad y elegancia formal. Solemos aceptar el eufemismo siempre como un valor tan declarado que pocas veces nos detenemos a meditar en las repercusiones de su uso abusivo por quienes manipulan el lenguaje, como una estrategia de coerción y manipulación de la opinión pública, tanto en la prensa oral y escrita como en el discurso político y científico. No es lo mismo el uso poético del eufemismo para embellecer aquello que no resulta agradable escuchar que cuando su empleo está en boca de aquellos que ostentan el poder para perseguir otros fines distintos a los estéticos. Este tipo de poder emana de unas élites sociales y se dirige hacia otros grupos sociales más desfavorecidos sobre los que pueden influir gracias a su posición de autoridad. Por consiguiente, para entender el empleo de eufemismos en el ámbito político resulta menester examinar de cerca las distintas funciones que cumplen en un discurso engañoso y analizar las estrategias que se emplean en este tipo de discurso y en este contexto. Llegados a este punto, conviene formular estas dos preguntas: ¿Se puede usar un eufemismo para manipular? ¿Es una forma indirecta de mentir? A la luz de nuestros anteriores desarrollos estamos en condiciones de responder afirmativamente y, en lo que sigue, continuaremos viendo por qué. 

En el acápite 1.4 del segundo capítulo de su trabajo de tesis doctoral, El eufemismo, el disfemismo y los procesos mixtos: la manipulación del referente en el lenguaje literario inglés desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad (2005), el filólogo español Eliecer Crespo Fernández señala que el eufemismo cumple dos funciones básicas, a saber: por un lado, la atenuación de las connotaciones negativas de los términos tabú para alejar el miedo o respeto reverencial que ciertos términos infunden; y, por otro, la protección de las relaciones sociales evitando las lexías que puedan producir algún tipo de tensión social en el intercambio comunicativo [II, 1:4, p. 73]. En relación con estas dos funciones básicas, este autor señala otras siete finalidades o motivaciones del juego eufemístico: a) encubridora; b) de tacto social; c) acomodación o integración social; d) dignificación y sensibilización social; e) persuasiva; f) estética y g) ocultadora. De estas siete finalidades, es común detectar en el discurso político, razón por la que para los fines de este trabajo nos interesan solo tres: encubridora, persuasiva y ocultadora. 

Según el Dr. Crespo Fernández la finalidad encubridora supone que «el sustituto eufemístico atenúa los rasgos semánticos de los términos sujetos a interdicción con el objeto de hacerlos más presentables, pero sin pretender eliminarlos del discurso, pues si ésta fuera la intención, no se haría mención de dichos conceptos. La palabra se veta, pero no se elimina la noción» [Ibíd]. En relación con la función persuasiva, este autor señala que «el emisor puede utilizar el eufemismo para falsear una realidad incómoda que pueda suponer una amenaza contra sus intereses, y manipular así al receptor. Se trata del proceso que hemos denominado «doblez expresiva» (doublespeak), que... es, desgraciadamente, frecuente en el discurso publicitario, militar y, sobre todo, en el político» [II, 1:4, p. 76]. Según esta definición, la finalidad persuasiva es la que cumple una función manipuladora, pues el eufemismo en este caso constituiría una forma de «falsear una realidad incómoda» para el emisor del mensaje pues conlleva implícita la intención de conducir al equívoco del receptor, lo que, dicho en buen español, el emisor busca «engañar» al receptor. 

Según Crespo Fernández, la finalidad ocultadora cumple la función de ocultar ciertas realidades a través de recursos eufemísticos: «Ciertos acrónimos, habituales en el lenguaje médico, como SOB (Short of Breath) o CAT (Computerized Automated Tomography) cumplen la misma función. La opacidad semántica se observa igualmente en la jerga político-burocrática, llamada burocratese u officialese, que busca, aunque con otros fines, impedir la comprensión. Podemos citar ejemplos del lenguaje militar, frecuentemente usados en el discurso político, como daños colaterales (collateral damage), de mediados de los años sesenta, fuego amigo (friendly fire), locución eufemística surgida en la guerra de Vietnam, o National Service que designa una realidad, para muchos incómoda, como el servicio militar obligatorio. En este discurso se recurre también a acrónimos como MÍA (Missing in Action) o PAR (Posture for Acceptable Risk)» [II, 1:4, p. 77]. 

Las tres finalidades señaladas hacen del eufemismo un instrumento ideal tanto para el lenguaje políticamente correcto como para el «doble lenguaje» tanto de la propaganda como de la política. Aquí la sustitución eufemística opera como un dispositivo o mecanismo de distracción pues para  la consecución de sus fines o la defensa de sus intereses, busca ocultar y enmascarar la realidad para controlar la percepción de la realidad mediante la manipulación del lenguaje.  El eufemismo que promueve el enmascaramiento, la manipulación y la ocultación de una determinada realidad se inscribe en el marco del «doble lenguaje». Según William D. Lutz (1989) cuando el eufemismo es usado para engañar, se convierte en «doble lenguaje»; que es definido por este autor como un lenguaje que finge comunicar, pero en realidad no lo hace, tergiversa el sentido de las palabras, lo vuelve intrincado para hacer que lo malo parezca bueno, lo ilícito parezca lícito, lo desagradable parezca agradable, lo complicado parezca simple o viceversa, porque se trata de un empleo del lenguaje que evita la responsabilidad [Vid. LUTZ, William D.: «Notes toward a Definition of Doublespeak» en LUTZ, William D. [Ed.]: Beyond Nineteen Eighty-Four. Doublespeak in a Post-Orwellian Age (1989), Illinois: Rutgers University, p. 4-5 ss.].

En un sentido similar, Bernardino Martínez Hernando considera que el eufemismo tiene una finalidad encubridora: disfraza lo feo de bonito o neutro, lo fácil de complicado, la vacuidad de palabrería y lo concreto de vaguedades.  Según este mismo autor, para conseguir estos efectos, el eufemismo recurre a recursos tales como el lenguaje amortiguado que consiste en negar lo contrario de lo que se quiere afirmar; la redundancia que se apoya en la utilización de muchas palabras, pero ofreciendo pocos datos y, finalmente, al vaguedad que, similar al anterior, es propio del lenguaje periodístico, cuando por ejemplo, no se quiere revelar sus fuentes, pero gran parte de los eufemismos que aparecen en el uso periodístico de los medios de comunicación provienen del «contagio» del discurso político. [Vid. MARTÍNEZ HERNANDO, Bernardino (1990): Lenguaje de la prensa. Madrid: EUDEMA, S. A., pp. 179-189].

El eufemismo es una expresión ornamentada que contribuye a ocultar u oscurecer deliberadamente la realidad que se esconde tras ella. George Orwell ha descrito magistralmente cómo funciona el «doublespeak» en su orientador ensayo «Politics and the English Language» (1946): 

«El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay un desfase entre los objetivos reales y los declarados, se recurre como por instinto a las palabras largas y a las expresiones idiomáticas agotadas, como una sepia que arroja tinta». [Cfr. ORWELL, George: «Politics and the English Language» en Front of Your Nose 1945-1950, Collected Essays, Journalism & Letters (1952), Vol. 4, New York: Harcourt, Brace & World, p. 137]. 

Y más adelante Orwell asienta esta crítica demoledora que desnuda la hipocresía del discurso político: 

«En nuestra época, el discurso y la escritura política son en gran medida la defensa de lo indefendible. Cosas como la continuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón, pueden ser defendidas, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para la mayoría de la gente y que no cuadran con los objetivos declarados de los partidos políticos. Así, el lenguaje político tiene que consistir en gran medida en eufemismos, preguntas y vaguedades. Los pueblos indefensos son bombardeados desde el aire, los habitantes expulsados al campo, el ganado ametrallado, las cabañas incendiadas con balas incendiarias: esto se llama pacificación. Millones de campesinos son despojados de sus granjas y enviados a recorrer los caminos sin más que lo que pueden llevar: esto se llama transferencia de población o rectificación de fronteras. Se encarcela a la gente durante años sin juicio, o se les dispara en la nuca o se les envía a morir de escorbuto en los campos madereros del Ártico: a esto se le llama eliminación de elementos no fiables. Esta fraseología es necesaria si se quiere nombrar las cosas sin que se produzcan imágenes mentales de ellas» (Ibid., Vol. 4:139).

A lo largo del siglo XX los usos eufemísticos han servido también a los regímenes totalitarios para encubrir verdaderas atrocidades, desde la perpetración de crímenes políticos contra los disidentes hasta exterminios en campos de concentración. El ejercicio de hipocresía verbal propio del uso del eufemismo en el discurso político ha contribuido a degradar términos totalmente válidos, por medio de una fraseología engañosa que, como observa Crespo Fernández, está «peligrosamente cerca de la mentira, pues se emplea como medio de persuasión y, con él, se pretende, especialmente en el discurso político, manipular al receptor, lo que supone un atentado a la veracidad del mensaje».

El uso engañoso del eufemismo propio del «doble lenguaje» del discurso político lo que persigue, por encima de cualquier otra consideración, es la protección de la casta política frente a las posibles críticas y la defensa de sus intereses particulares y corporativos. La estrategia discursiva del eufemismo en el discurso político —como herramienta empleada por el hablante para ocultarle a su interlocutor aquellos aspectos inoportunos o desagradables que podrían desprestigiar su imagen— consiste en substituir  ciertas expresiones que  resultan inapropiadas en un contexto. Al respecto observa George Orwell: 

«El lenguaje político —y con variaciones esto es cierto para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas— está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y los asesinatos respetables, y para dar una apariencia de solidez al puro viento. Uno no puede cambiar todo esto en un momento, pero al menos puede cambiar sus propios hábitos, y de vez en cuando puede incluso, si se burla lo suficientemente fuerte, enviar alguna frase gastada e inútil —alguna bota, talón de Aquiles, semillero, crisol, prueba de fuego, verdadero infierno u otro trozo de basura verbal— al cubo de la basura, donde debe estar». (4.139).

La peor forma de engaño y ocultación que, aun cuando es propia del lenguaje político no es exclusiva, es aquella que proviene de los influyentes grupos de poder y que generalmente se expresa a través de sus voceros o portavoces autorizados, especialmente en los ámbitos relativos a la economía, a la guerra y a la industria farmacéutica, que consiste en la sustitución de una palabra o expresión contraria a los intereses del emisor, y que en buena medida corresponde al uso antifrástico del discurso político por lo que resulta o bien difícil de comprender debido a su ambigüedad o bien debido a lo engañoso de su formulación de los conceptos porque las palabras aparecen adornadas con cualidades positivas que son antagónicas a las que realmente poseen. 

Desde que se declaró el comienzo del encierro domiciliario por el brote de coronavirus y la COVID-19, nuestro lenguaje de uso coloquial y cotidiano ha incorporado un volumen impresionante de terminología especializada: pandemia, cepa, clúster, curva de contagio, cuarentena, hisopar o siglas como OMS, EPIs, SARS, MERS. Términos, expresiones y conceptos que, hasta ese momento, eran de uso casi exclusivo de especialistas y limitado a ámbitos médico-sanitarios y científicos, tomaron carta de ciudadanía y comenzaron a ser empleados por todo el mundo. Como una suerte de «Santo Oficio» del periodismo de opinión, los inquisidores del fact-checking nunca se han esforzado tanto para declarar falsa cualquier información médica o científica que pusiera en tela de juicio el relato oficial sobre el origen de la pandemia. Esto ya de por sí resultó algo bien asombroso. Es normal que cualquier paciente ante la duda solicite una segunda opinión médica que puede controlar o validar el diagnóstico del segundo o bien invalidarlo. Pero en relación con la pandemia se nos pide que solo creamos como verdadera la versión oficial del lenguaje políticamente correcto y que a priori descartemos cualquier otra explicación. Esta extrema oposición a la expansión, divulgación y transmisión de la verdad a las clases populares es la peor forma de oscurantismo ya que se pretende imponernos a todos una verdad dogmática que no admite ningún tipo de cuestionamiento ni de revisión científica. 

Por ejemplo, la sola mención de que el Sars-CoV-2 (el coronavirus actual) fue creado en un laboratorio y después escapó —deliberada o accidentalmente— al control de los científicos chinos, es suficiente para acusar al emisor bajo los cargos de «negacionista»; «conspiranoico»; «agente de la desinformación», etc. Y cuanto más alguien se acerque a la verdad o intente transmitirla a otros, más arreciarán los ataques y denuestos. Sin embargo, la hipótesis de que los investigadores de Wuhan lo habrían concebido como un arma bioterrorista, pero luego lo habrían dejado escapar, dando lugar a la pandemia actual, se ha convertido en un tabú lingüístico que obliga a los profesionales de la información a utilizar la circunlocución, la antífrasis o el eufemismo en su intento de contrarrestar el poder mágico que tienen las palabras «virus de diseño». Desde el comienzo se nos ha advertido que solo la hipótesis de la zoonosis es la verdadera, y debemos aceptar que el SARS-CoV 2 se transmite desde determinados animales con la esperanza de que creamos en esta especie, ya que la mayoría de las patologías infecciosas —que representan, aproximadamente, el sesenta por ciento de todas las conocidas— tienen un origen animal. Por supuesto,  la Sacrae Congregationis de Propaganda Fide de fact-checkers defiende diestra y mercenariamente a capa y espada el dogma ortodoxo del origen natural y zoonótico del SARS-CoV-2, situando su epicentro en un mercado que sirven sopa de murciélagos y venden la carne de pangolín. El «Santo Oficio» del periodismo de opinión «verificada» se impacienta ante el insolente atrevimiento de aquellos médicos, científicos y periodistas herejes que desafían el dogma oficial y se atreven a consideran la teoría alternativa de que el virus pudo proceder de un laboratorio.

Y es que esa teoría alternativa es tan odiosamente espantosa como aquella otra que afirma que lo que se inocula a las personas no es una vacuna sino una «terapia genética experimental» cuyos efectos adversos son impredecibles, de ahí la imperiosa necesidad de encubrir y ocultar la verdad con eufemismos. No les resulta para nada sencillo, sobre todo, porque los eufemismos no dependen de las palabras en sí mismas ni del emisor, sino también de la experiencia del receptor que ha de permitirle llevar a cabo una serie de deducciones analógicas que le permitan comprenderlos. Desde el inicio de la pandemia hemos asistido al nacimiento de numerosos eufemismos que se han instalado en nuestro lenguaje coloquial y cotidiano. Ya nadie habla de mantener la distancia a secas, sino de «respetar la distancia social», pero no para evitar un «contagio» sino de «transmisión comunitaria» o de «propagación comunitaria de persona a persona». Tampoco se dice que el gobierno ha decretado un «estado de alarma» sino una «situación de alarma epidemiológica y sanitaria» o bien una «emergencia de salud pública» o «emergencia sanitaria por la pandemia». Hemos sustituido palabras de uso cotidiano y frecuente como médicos, enfermeras y auxiliares, por «personal sanitario» o «profesionales de la salud». Un director de hospital ahora es una «autoridad sanitaria» y nos referimos a la Organización Mundial de la Salud por sus siglas: la OMS. No estamos encerrados en casa, sino en «confinamiento preventivo» o «aislamiento social preventivo y obligatorio». El término pandemia se emplea epidemiológicamente para referirnos a una epidemia que afecta a varios países o a varios continentes, en independencia de la tasa de mortalidad que produzca. El término «pandemia» deriva del griego antiguo πανδημία (pandēmía), de παν- (pan-, «todo») y δῆμος (dêmos, «pueblo»). Es una redundancia innecesaria referirnos a ella como «pandemia global» o «pandemia mundial».  

Existen muchas maneras de manipular el lenguaje como una estrategia para influir sobre la opinión pública. Sin duda, el lenguaje o, si se prefiere, el discurso es uno de los medios más eficaces para mover la voluntad de los otros hacia donde el manipulador del lenguaje quiera dirigirla.  Vale decir que cuando un comunicador social o un político utiliza el eufemismo como una estrategia discursiva, trata de presentar algo diciendo de la mejor manera aquello que si se dijera de manera directa no sería bien recibido porque sonaría mal al oído. No se trata tanto de mentir —aunque buena parte de nuestros políticos hayan adquirido el mal hábito de la mentira—, sino de expresar aquello que se supone la gente desea oír aunque no sea estrictamente la verdad. Una verdad puede ser tan lacerante o políticamente incorrecta que por esta razón se recurre al uso del eufemismo para decir lo más horrendo de la manera más agradable. No solo se trata, en determinados momentos, de ser políticamente correctos o diplomáticos, ya que, como señalé antes,  este recurso lingüístico también es empleado, regularmente, por la prensa y los funcionarios para manipular a las masas. En fin, los eufemismos son expresiones que ayudan a disimular ciertas verdades malsonantes que pudieran resultar lesivas al oído de quien las recibe.  En su uso clásico, el eufemismo  es una expresión que pueden ayudar a que una persona se sienta menos herida frente a una realidad. Sin embargo, pese a las buenas intenciones, el eufemismo termina transformándose en una herramienta de manipulación social.

En los tiempos que corren, el  eufemismo se ha convertido en el lenguaje hipócrita de lo «políticamente correcto» porque sirve para encubrir sus propósitos y, al mismo tiempo, para amordazar a los hombres con conciencia de lo que es justo y lo que es correcto para impedir que llamen las cosas por su nombre so pretexto de que llamar al pan, pan y al vino, vino, son formas de discriminación e intolerancia. Por medio del uso de eufemismos, llamando las cosas por otro nombre, también los grupos de poder de la élite mundial buscan distraernos y engañarnos. La estrategia de utilizar un lenguaje ambiguo, decir a la gente sólo lo que quiere oír, y no llamar a las cosas por su nombre por razones puramente demagógicas se han convertido, por ejemplo, en prácticas cada vez más frecuentes entre los partidarios de la eugenesia social. Este lenguaje no reconoce el peligro del uso utilitario de los descubrimientos de la  biotecnología para la dignidad humana e inventa nuevos términos que no son otra cosa que eufemismos que ocultan la verdadera naturaleza de las cosas y por esta misma razón son ampliamente difundidos porque ponen a la biopolítica al servicio de la esterilización y el despoblamiento. Así, se dice «Interrupción voluntaria del embarazo» en vez de aborto, «muerte digna», en lugar de suicidio asistido, «calidad de vida» y no eutanasia, «clonación experimental» en vez de manipulación genética, «prediagnóstico embrionario» y no «selección genética del ser humano», o «libertad de elección» frente a «eugenesia social». 

La campaña mundial a favor del aborto es, como he dicho en otro artículo, una estrategia de la eugenesia social que se sirve de eufemismos tales como «derecho de la mujer al control del propio cuerpo»; «decidir sobre nuestra salud»; «decidir sobre la propia vida sexual», todas formas biensonantes que mitigan en la mente de la mujer el hecho de que ha cometido un crimen al  proponer legalmente la eliminación del feto que no será tenido en cuenta por la madre, sin siquiera dar a la mujer la posibilidad de parirlo y darlo en adopción porque lo consideran lesivo a la moral de la mujer. Los promotores de la eugenesia social se cuidan muy bien de dar a conocer a la mujer el criminal uso biopolítico de la biotecnología en la infravaloración y descarte de la vida humana. Para disimular sus verdaderos propósitos de despoblamiento mundial, los promotores de la eugenesia social antepone el reconocimiento de derechos individuales, antes que la necesidad de atender a las obligaciones éticas consecuentes. La semántica hipócrita del eufemismo con fines de manipular la opinión pública, se encarga,  a través de sus agentes políticos y mediáticos, de esconder las consecuencias sobre la misma libertad de los seres afectados, el feto o la madre, además de vincularlo a temas colaterales como la inexistencia del dolor en el feto o la deformación del cuerpo de la mujer por el embarazo.

Al tratar sobre las formaciones discursivas de los enunciados médicos, Michel Foucault aconseja en su obra, La Arqueología del saber (1979, p. 50-1), dilucidar las genealogías conceptuales de los nombres. El nombre importa por su significado y capacidad social de identificar una entidad. La dilucidación de su genealogía conceptual sirve para esquivar los engañosos procesos de continuidad y discontinuidad teórica –lejos de si estos hechos son intencionales o no–, como podrían ser los cambios de nombres en las formaciones de los discursos ideológicos o en la manera de describir la realidad o de legitimarla. Pero cambiar nombres o, lo que es lo mismo, usar eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre,  no es algo que solo se haya dado en ámbitos médicos y científicos, ya que podemos detectarlo en cualquier ámbito social humano, hoy día con abrumadora evidencia en el lenguaje político, ni es tampoco un problema nuevo, sino de vieja data. 

Francisco de Quevedo vincula el uso del eufemismo a la hipocresía social en El mundo por de dentro, el cuarto de los Sueños escrito en 1612, aunque no vio la luz hasta 1627 en la edición de Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo (1627) es, junto con La vida del Buscón (1626), la obra más conocida y compleja de Francisco de Quevedo. En conjunto los cinco sueños que componen la obra representan primordialmente elaboraciones alegóricas de viajes oníricos al infierno, donde la visión del mundo aparece invertida. En El mundo por de dentro, Quevedo desconstruye completamente el falso lenguaje del eufemismo mostrando su hipocresía, porque es lenguaje con el que todo el mundo está de acuerdo con tal que no se llamen a las cosas por su nombre ni se digan las cosas abierta y francamente sino que se digan elusivamente, vulnerando su sentido y falsificando su significado. La hipocresía de no llamar a las cosas por su nombre consiste en alterar la verdad de los hechos, para disfrazar la cruel realidad de estos en la vida cotidiana. 

En sus Sueños Quevedo no se centra en la descripción paisajística del infierno, como hace Dante en la Commedia, de ahí la vaguedad de las referencias topográficas que son reemplazadas por las descripciones de las impresiones y percepciones del autor que ve al infierno como un lugar grotesco, oscuro, caótico, laberíntico y confuso. El acompañante de Quevedo en El mundo por de dentro es un anciano, figuración del diablo, en quien se personifica el Desengaño, que será el encargado de mostrarle lo que ocurre en la calle mayor del mundo, llamada Hipocresía, y como el uso del eufemismo entraña el enmascaramiento deliberado de la realidad. Quevedo no ahorra esfuerzos ni procedimientos estilísticos a la hora de dirigir sus filosos y agudos dardos contra la hipocresía social, hacedora de la mayor parte de los engaños y daños en el mundo. Dice Quevedo a través de la voz del viejo llamado Desengaño:

«Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas ¿no hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado; el botero, sastre del vino, porque le hace de vestir; el mozo de mulas, gentilhombre de camino; el bodegón, estado; el bodegonero, contador; el verdugo se llama miembro de la justicia; y el corchete, criado; el fullero, diestro; el ventero, huésped; la taberna, ermita. Amistad llaman el amancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia a la mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno, señor maestro al albardero, y señor doctor al platicante. Así que no son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho. ¿Pues unos nombres que hay generales? A toda pícara, señora hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero, señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo fraile motilón o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo escribano, secretario. De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le examinéis, si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias».

Trescientos cincuenta y siete años después encontramos un eco quevediano en «Si hay miseria, que no se note», el artículo que Jorge Luis Borges publicó el jueves 8 de marzo de 1984, en el suplemento Cultura y Nación de Clarín, el escritor argentino, además de hacer una descarnada descripción de nuestra sociedad, desnuda la hipocresía en el uso del eufemismo. Escribe Borges: 

«No importa que haya pobres; lo que importa es que no se sepa. En vísperas de un certamen de fútbol, apodado el Mundial, las autoridades repartieron ropa a la gente, para que los turistas no advirtieran que hay pobres en Buenos Aires. A los rancheríos de las orillas, popularmente llamados villas miserias, se los llama ahora villas de emergencia. Sé de familias que durante los meses de diciembre, de enero y de febrero, vivían escondidas en su casa para que la gente creyera que estaban veraneando en el Uruguay. Otra especie del género son los eufemismos pomposos. El presidente es el primer mandatario, su mujer es la primera dama, palabra de la jerga teatral. Un ministro es el titular de la cartera, curioso gongorismo. Un ciego (yo lo soy) es un no vidente. Una cuadrilla de parientes y de pistoleros es ahora un séquito. Un plagio es una reminiscencia. A los maestros se los llama docentes; a los psicoanalistas, psicólogos; a los porteros, encargados; a los basurales, cinturón ecológico; a las batidas policiales, vastos operativos; a los controles de vehículos, Operativo Sol. Desde hace poco, la venta lucrativa (toda venta lo es) de obscenidades y la exhibición de desnudos se llama democracia o, a la española, destape».

Hay palabras que son tabú para nuestra sociedad pacata e hipócrita que se jacta de ser progresista o liberal, políticamente correcta, y con su enfermiza permisividad social no solo acepta sino que legitima toda clase de atropellos al sentido común y a la razón. Todo el tiempo utilizamos eufemismos para referirnos a cosas de forma presuntamente elegante, aunque en realidad, estamos diciendo lo mismo, por muy «duro» que pueda sonar. Llamaron «Proceso de Reorganización Nacional» a un régimen dictatorial represor y sangriento para ocultar la verdadera naturaleza de un gobierno antidemocrático surgido de un golpe de estado. Y todavía se llaman «desaparecidos» a aquellos sobre los que tenemos sospechas o certezas de que han sido muertos pero de los que ignoramos su paradero. Y el lenguaje médico al crear nuevos eufemismos para justificar el aborto o la eutanasia no destruye este tabú, sino que lo sostiene al no llamar a las cosas por su nombre. Los medios de comunicación masivos son los principales propagadores de los eufemismos. Cuando se comienza a realizar un análisis del eufemismo en el discurso informativo, se va visualizando la construcción de la noticia dentro de los medios de comunicación como una forma de manipulación de la opinión pública. Se hace claro entonces que los medios de comunicación manipulan el lenguaje a su conveniencia al momento de informar a la ciudadanía. El eufemismo en el discurso informativo  puede verse reflejado cuando se comunican  noticias de corrupción política, campañas políticas, o aquellos asuntos relacionados con el gobierno. En el discurso informativo de los medios de comunicación masivos nadie menciona el cáncer. Un artista popular enfermo de cáncer es un «enfermo terminal» y si falleció a consecuencia del cáncer, se dice que murió «luego de lidiar con una penosa enfermedad». 

Incluso la misma Real Academia Española incurre, paradójicamente, en el eufemismo al definir al eufemismo como una «manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante», sin distinguirlo de aquellos otros eufemismos que encubren hipócritamente el engaño utilizando inútiles circunloquios para describir la realidad de una forma que la haga más aceptable y de este manera modificar la mala percepción que ella produciría de llamar a las cosas por su nombre. Incontables son los abusos semánticos en que incurren los políticos e ideólogos para que engañar a la opinión pública y hacer que sus medidas antipopulares pasen inadvertidas.  Por más «elegante» que sea la forma de expresión de un eufemismo, cualquier grosero intento de escamotear la verdad, descafeinarla, quitarle calorías, para hacerla más pasable y digerible y que no produzca gastritis, no lograrán tapar el sol con un dedo, tarde o temprano la verdad nos alumbrará con su luz. Como esperamos haber demostrado a lo largo de este trabajo, en el lenguaje de lo políticamente correcto, el eufemismo se ha convertido en una estrategia que evita llamar a las cosas por su nombre, es el disfraz semántico del lenguaje que encubre y oculta la verdad para que los ilícitos y crímenes de la clase dirigente no sea fácilmente detectable o demostrable. 

Por esta razón, nuestros políticos e ideólogos vernáculos, nuestros periodistas y formadores de opinión, emisarios del buen decir, son quienes hace uso y abuso de los  eufemismos  no solo para suavizar palabras tabú, consideradas como «malas palabras», sino para disimular un dicho discriminatorio u ofensivo para alguna minoría, confundiendo así la tolerancia con la permisividad y la discriminación con la segregación o marginamiento.  Así, gracias al uso y abuso del eufemismo, hace poco más que un año nuestros legisladores han llegado al colmo de denominar «Interrupción Voluntaria del Embarazo» (IVE) al aborto y «despenalizar» a dejar sin sanción penal una conducta que, sin embargo, seguirá siendo reprobable e ilícita desde un punto de vista bioético.  La eliminación de la sanción en el Código Penal no implica que el aborto deje de ser ética y jurídicamente reprochable, ni menos que el feticidio o muerte del feto por parto anticipado pueda reclamarse como un derecho de la mujer a su cuerpo para no verlo deformado por el embarazo.  

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